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    August 04

    Desmaquill(á)ndo-me

     
    ... de las pinturas de guerra.
     
    nº 0
     

     

    Al principio fue una Isla...
     
    Así de esta forma tan novelesca podría dar comienzo el resumen de lo que ha sido mi etapa bloggera, de mi deambular, con tanta pena como gloria, por este pasaje de mi vida.
     
    Me llamo Raúl.

    Hace ya unos meses, afortunadamente, muchos meses, yo me creí un náufrago. Así que en mi zozobra, me disfracé con harapos, me pertreché de deshechos vomitados por el mar y me aislé en un mundo -éste- tan inhóspito como atractivo. A tocar tierra firme, siquiera la de aquella Isla, contribuyó muchisimo una tal Lola, la maravillosa Lola.

     
    En esas andababa yo, cuando apareció Nut.
    A Nut (el nombre, con reminiscencias egipcias, se lo debo a Marta, la mujer más hermosa que nadie pudo encontrar jamás) lo inventé por la repentina necesidad de empezar a respirar por boca u hocico de un tercero, alguien tras el que cobijarme en el más original de los anonimatos. Con el delfín de conferenciante todo fue más fácil; mi discurso adoptó un tono pretendidamente fingido y además, tenía un lomo en el que volcar las quejas por si me venían mal dadas.
    Así que Nut comenzó a viajar y a conocer gente en sus viajes.
    Los primeros visitantes de la Isla y si no recuerdo mal, fueron Rosana, Ártica, Abril, Cuore, Raquel y por supuesto Lola. A ellos les siguieron otros más; Only (mi Dama de las Nieves) el estimado Juan41, la inalcanzable Velo, el genial Pablo, la hermosa Sandra y otros muchos; un ejército de sirenas y un sinfín de visitantes nocturnos que con sus palabras de aliento, me fueron proporcionando el oxígeno necesario para sobrevivir a una soledad mal concebida.
    Y después llegó Marta y con ella, el empujón definitivo a la idea de abandonar la Isla, de matar al lastimero náufrago y despedir -de una forma un poco descortés, esa es la verdad- al inquieto delfín, quien no tuvo más narices que huir de la explosión provocada por el fallecimiento de mis penas más urgentes y lanzarse en busca de mares más templados. Aquello sucedió un ya lejano 12 de abril
     
    Día 18 de mayo de 2006.
    Un delfín fatigado por la travesía, arriba exhausto a una pequeña bahía. En ella se topa con un pintoresco personaje, un violinista obsesionado con la idea eterna de construir un inacabable tejado.
    Éste, violín en mano, comenzó torpemente a atraer primero a los que aún lloraban la muerte del náufrago y después a los que celebraban el advenimiento de esta nueva personalidad; risueña, resuelta, animosa... Tras su música, llegaron más visitantes a la bahía; la dulce Eterna, la necesaria Alma, o Daniela, o Julia, o Milena o la imprescindible Sònia, Sònia, Sònia...
    Pero como le ocurre a todo lo que vive en el mar o cerquita de su influjo, de nuevo me ví totalmente desbordado por exigencias innecesarias, celos inadmisibles, obligaciones nacidas de compromisos inventados, mensajes que atender, inacabables correos pidiendo, pidiendo y pidiendo; y lo que nació como una diversión se convirtió -supongo que por culpa mía- en algo cercano a la ansiedad. Desde aquel día han pasado poco más de tres meses y algo más de 10.200 visitas.
     
    Me dijo un día Only tras contarle mis cuitas, que no tenía demasiado derecho a quejarme de estar abrumado por tanto visitante y tanta historia paralela, pues cada cual es el único responsable de la imagen que proyecta. Si eso es verdad y no tiene porque no serlo, miedo me da la imagen que a través de mis relatos puedo haber transmitido. Qué seré para quién me lee; un donjuan de tres al cuarto, un mediocre aspirante a escritor, un frívolo vanidoso, un crápula cualquiera?... Ni idea.
    En mi descargo debería de decir, que quienes me han conocido en persona -que los hay- creo que estarían dispuestos a admitir ante cualquier tribunal, que únicamente soy lo que escribo y de la forma en la que lo escribo; que no hay ni una doble personalidad, ni tampoco incoherencia alguna en mi discurso; tan solo yo, maquillado si se quiere, pero tan solo yo.
     
    En fin, es tarde y esta entrada está resultando enfarragosa
    Dejadme, ahora si, despedirme reflexionando en voz alta y diciendo que como no hay más verdad que la que cada uno ve y cuenta, la mía, en forma de sentencia escueta y contundente, sería la siguiente:
     
    Me llamo Raúl y ni toco el violín ni adiestro delfines malabares... aunque ya me gustaría a mi, ya me gustaría...
     
    Gracias, Gracias, Gracias.
     
     
     
     
    August 01

    Dej(á)ndo-me - Dej(á)ndo-nos

    ...solo... solos...
     
    - 1
     
     
    I
     
    Dios, Diosl, Dios!!!.
    Se ha marchado. No está.
    Debí de sospecharlo. Algo pasaba en los últimos días; sus repentinos cambios de humor, sus excesos, su dejadez con el violín y, por último, el regalo que me hizo el otro día. Todo muy raro.
    No me lo esperaba de él. Se ha ido como un cobarde, sin despedirse más allá de cometer la estúpida frivolidad de escribir la palabra "adios" en la arena húmeda.
    De nuevo me encuentro solo.
     
    II
     
    Van pasando las horas.
    Continúo como un autómata dándo vueltas entorno a la bahía.
    A mediodía alerté a los vecinos y todos se movilizaron para buscárle.
    Avanzada la tarde el viejo Jürghen, hombre cabal y antiguo marino mercante, alzó la voz para calmar los nervios de los atribulados presentes:
    - Dejad de buscarle. No lo encontrareis. El violinista se ha ido voluntariamente.
    - Pero y su casa? - dijo alguien entre la multitud - Y el tejado?.
    - La casa la cuidaremos nosotros mientras tanto y el tejado ya lo acabará el próximo inquilino, si lo hubiera, sino, también correrá de nuestra cuenta terminarlo.
    Y con esa sentencia, todos marcharon hacia sus casas, cabizbajos y desconsolados.
    De nuevo me encuentro solo.
     
     
    III
     
    Anochece.
    Más calmado -como calmo está el mar a estas horas- me abruman los buenos recuerdos.
    Me he detenido en el centro de la bahía, justo en la vertical frente al embarcadero. Alzo la cabeza y miro la casa y el jardín; y los tablones por el suelo; y el banco y el árbol que un día crecerá...
    Y reparo de pronto en las que fueron sus fantasías, en sus poemas, en sus torpes acordes al violín, en su sonrisa, en su eterna búsqueda.
    Me elevo sobre mi cola y sonrío tibiamente con esa sencillez difusa que tienen los enamorados cuando se miran, con esa resignada complicidad del que conocía el final feliz de esta historia mucho antes de que llegara.
    De nuevo me encuentro solo.
     
    Y así sin más,
    doy el último mortal de espaldas y
    me marcho con viento fresco...